RELATOS GANADORES DEL CONCURSO LITERARIO

Helvetesfönster 

Nunca vi una cosa como esa. Era la mesa de acero, y sobre ella estaba abierto, y lo demás intacto germinaba. Y del corazón, que aún se contraía, emergían de color ceniza y del color del cielo, y de sus raíces atravesaban la carne. Escrito antes del nombre, escrito antes del hueso. Y de los pulmones también, y del hígado, y de los pliegues abruptos del vientre, todas orientadas hacia la luz. Enfermiza luz de sangre. Y las semillas negras reposaban en la cavidad, y eran estrellas muertas de invierno. Y olía a especias y a sangre. Y era santo. Y arranqué una. Y sangraron dos. Me la clavé profundo. Despacio. Para saber si yo también era tierra. 

JUAN BARROSO MARTÍN, 2º BI

No sé en qué momento
dejaste de ser “nosotros”
y empezaste a dolerme.

Antes eras calma,mi sitio seguro,esa forma de estar en el mundoque tenía sentido.

Y ahora…ahora eres recuerdo que se me clava sin avisar.

Te encuentro en todo:en las canciones que no quiero escuchar
y acabo repitiendo,en las calles donde aún imagino que vas a aparecer doblando la esquina, como si esto no hubiera pasado.

Qué rabia querer tanto
a alguien que ya no está de la misma forma.
Qué rabia seguir sintiendo
cuando lo fácil sería dejar de hacerlo.

Porque no fuiste cualquiera, fuiste mi elección incluso sin decirlo,
mi costumbre favorita,
mi forma de querer sin miedo.

Y mírame ahora, escribiéndote sin escribirte,
hablándote en silencio
como si aún pudieras oírme.

Dicen que el tiempo cura, pero nadie te explica qué hacer mientras tanto con todo este amor que se queda sin sitio.

Supongo que aprenderéa llevarte sin romperme,a recordarte sin caerme, a vivir con esto…

pero hoy no.

Hoy todavía eres el amor de mi viday la nostalgia todo lo que no fuimos capaces de salvar.

MARÍA TAPIA VELAYOS, 1º ESO A

El Perfume del Fuego

Hay noches en que el aire no huele: recuerda.

El humo que sale de la chimenea no asciende,

vaga, como un pensamiento que no quiere irse del pecho.

En el corazón del fuego crujen maderas antiguas,

quizá pedazos de un viejo armario,

quizá la sombra de un árbol que una vez dio sombra a un niño.

Y cada chispa que salta es una risa que vuelve,

un fragmento de voz,

un eco de algo que fue amor y todavía calienta.

Hay olores que no se nombran:

el del pan recién hecho,

el de la piel que duerme junto a la tuya,

el del invierno que golpea la ventana

mientras tú bebes despacio y piensas en nada.

Porque no es sólo humo, ni leña, ni cera lo que arde:

es la memoria.

Arde la casa vieja que ya no existe,

arde la risa de quien no está,

y en la llama más pequeña se esconden todos los inviernos del alma.

El fuego habla, aunque nadie lo escuche.

Susurra que la vida no se mide por los días,

sino por los olores que guardamos sin saberlo,

por la manera en que el corazón se detiene un segundo

cuando el aire huele a algo que ya fuimos.

Y mientras las brasas se apagan,

la habitación se llena de una calma tan dulce

que parece venir de otra vida.

Una calma que sabe a hogar,

a chocolate caliente,

a infancia.

Y uno entiende, al fin,

que hay cosas que no mueren,

sólo se vuelven aroma.

MARCOS PARDO GONZÁLEZ, 4º ESO

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